Me gustan los niños. Nunca me ha desagradado su compañía. Me encanta jugar con ellos o educarlos. Incluso regañándoles siento un extraño calor que empieza en las manos y se expande por el resto del cuerpo. Me gustan los niños, y mucho. Sin embargo, a mi compañero no. El los repudia, les escupe si puede, les empuja, e incluso he visto alguna vez abofeteando a algún que otro chaval que se topaba con él por una solitaria callejuela. No le juzguéis de antemano por esto, en realidad él es un buen tipo. Hábil con las armas, seductor con las mujeres, un gran mentiroso piadoso pero también alguien con un hondo corazón. Pero claro, en esa caja roja no hay sitio para la infancia. Supongo que ahora mismo estaréis algo confusos. Dejadme empezar por el principio.
Hace varios años ya, me encontraba solo en la calle. Sin dinero ni forma aparente de conseguirlo, vivía a base de aprovecharme de mis amigos. Cierto día uno de ellos se cansó de mí, dijo que no quería seguir teniéndome cerca, que no tenía porqué seguir aguantándome. Yo, furioso, le espeté en la cara un vaso, haciéndole una brecha que posteriormente se cubriría con doce puntos de sutura. Mi mala suerte, o tal vez buena, vino a buscarme días después a esa misma casa. Yo creía que le había dejado claro a ese estúpido y débil niño de papá que mi sitio estaba allí, pero él al parecer seguía en sus trece y llamó a unos amigos de su padre. Los tres mafiosos que vinieron a por mí debatían entre ellos que hacer conmigo mientras apretaban sus pistolas contra mi cabeza. Me encontraba de rodillas en el suelo, con las manos a los costados y sin pizca aparente de temor alguno. Debido a esto, uno de los mafiosos puso su atención en mí y decidió que, la mejor idea, era llevarme con ellos. Alistarme. "No tiene miedo - decían - le íbamos a matar y el muy cabrón estaba casi sonriendo. Tiene huevos". Para ahorrarme detallaros varios años de recados insulsos y la descripción de hechos de los que no estoy demasiado orgulloso, iré directamente a tres años después, cuando, por mi experiencia en las calles adquirida, me colocaron de compañero de aquel mafioso que había decidido no matarme. Se llamaba Johnny "el niño" O'Cole. Su apodo me quedó claro días después. Era completamente irónico. Como ya he explicado antes, Johnny odiaba a los niños. Y también su mote. Nuestros encargos eran sencillos: asesinatos de personas poco importantes, extorsiones, locales que debían ser destrozados... Era fácil, y ganabas mucho, mucho dinero. Al final, nuestro destino se torció, y llegó la tormenta.
Debíamos entrar en casa de un tipo, amordazarlo, y sacarle cierta información útil para la Familia. Además, nos había traicionado, habría que dejarle algún mensaje. Parecía fácil, incluso lo hubiera sido de no ser por la locura de mi compañero y amigo. Nos encontrábamos en el interior de la casa, el hombre, de unos cincuenta años mal llevados, ya estaba amordazado, sangrando y llorando. La información que necesitábamos ya estaba en nuestro poder, ahora solo necesitábamos dejarle claro a aquel hombre que no se nos podía delatar a la policía. O'Cole hizo una estupidez. Risueño, fue a la habitación del hijo de aquel hombre, al cual su padre le había mandado esconderse a nuestra llegada, no tendría más de trece años y, delante del hombre, aprisionó al crío contra sí, presionando sobre su garganta una afilada y reluciente navaja.
-Eh, Johnny... - dije yo - no es necesario, podemos...
-¡Cállate! - me espetó O'Cole - este cerdo - dijo mientras apretaba aún más la cuchilla, haciendo que unas delgadas lineas rojas empezasen a salir - tiene que saber qué pasa cuando te pasas con la Familia. - Johnny sonrió mientras el hombre farfullaba algo tras la mordaza.
-No, Johnny, vamos, es un chaval...
-¡Creía que tenías cojones, pedazo de maricón! ¡Esto es lo que se debe de hacer! ¡Esto es por lo que te acogemos en nuestra casa, por lo que comes bajo nuestro techo, por lo que consigues nuestro - la navaja voló en el aire, rebanando el cuello de aquel pobre niño - DINERO!
Johnny "el niño" O'Cole jadeaba con los brazos en alto, sonriendo triunfante. La sangre bajaba por su brazo izquierdo a mares y el crío se desplomaba como un saco. Su padre lloraba, desconsolado, impotente debido a las cuerdas. Yo estaba petrificado. De pronto, mi amigo empezó a carcajearse, a reír sin parar. La locura le había asaltado. Unas sirenas comenzaron a sonar en la calle. Mis pies seguían sin poder moverse, mis ojos seguían mirando el hilo de sangre que corría entre mis pies. Mi compañero seguía riéndose. Abrió la ventana. Gritó a la policía que ya estaba en la calle y, acto seguido, se esfumó por la puerta trasera de la casa. Sin dejar rastro. Evidentemente, la policía me detuvo. Seguía sin ser capaz de comprender lo que ocurría. Era un niño. Un simple chaval. No había hecho ningún daño...
A día de hoy, sigo en prisión. Pero es algo particular. No es como las que acostumbraba a ver en películas o en series. En esta prisión no se puede salir de tu celda, ni si quiera para comer. Está completamente acolchada, tanto paredes, como el techo y el suelo. Sigo sin reconocer la estructura. La puerta es metálica, con una sola rendija por la que me pasan la comida a ciertas horas del día y sin ninguna utilidad más, ya que nunca se ha abierto desde mi llegada. También hay, en el techo, un altavoz por el que a veces alguien, no siempre la misma persona, me habla. Siempre me mienten. Me dicen que nadie ha visto a Johnny. Que el amigo que me había acogido solo mandó llamar a dos mafiosos. Que en la Familia, ya desmantelada, nadie había oído hablar antes de ningún "Niño". Que el padre de aquel pobre chaval solo me vio a mí. Riendo y llorando a la vez. Gritando con el cuchillo en la mano. Debatiendo conmigo mismo lo que debía hacer o lo que no. Lo que era justo y lo que era injusto. Pero mienten. Os juro que mienten. Johnny O'Cole está libre. Es peligroso. No me lo he inventado. No lo he hecho. A mí... Me gustan los niños...