Oh, el amor. Esa alma perdida, incomprendido y odiado por la
mayoría, abandonada a su libre merced desde que el propio tiempo recuerda. Vaga
borracho de calle en calle, en su camino suele juntar a las personas, pero
ellas quedan atrás y él sigue caminando, ya no le importa lo que ha sembrado en
aquella pareja. Sigue hacia delante. Es el sentimiento que menos sentimental
es. Y a mí me abrazó desde que era un niño.
El amor se ha impregnado en mi colonia, entretejido en mis
ropas, cicatrizado en mis propias carnes. La batalla para los guerreros es el
amor para mí: amado. Amo al amor. Amo amar. Amo lo que me rodea. Amo a mi
familia. Amo mi casa. Amo la comida que yo me preparo. Amo la música.
Probablemente, querido lector, te ame a ti también. Pero hay alguien que está
por encima de todas esas cosas. Alguien a quien amo desde que la vi. No pierdas
detalle, pues procederé a contarte la historia que envuelve a la venus de mis
días.
Era otoño, las hojas secas abarrotaban las calles cuales
transeúntes. El frío paseaba fumándose un cigarrillo. Los coches colapsaban las
calles. Yo estaba sentado en el banco de un parque, dando de comer a unas
preciosas y hermosas palomas, alguna, confiada, venía a comer de mi mano,
cuando alguien pasó por delante de mí. Evidentemente levanté la vista, pues era
el único allí y me sorprendió encontrar a alguien cruzando ese normalmente
solitario parque, y allí estaba ella. Despampanante.
Su rubio pelo caía en cascada por sus esbeltos hombros
cubiertos por una cazadora de cuero. Sus ojos, azul esperanza, saludaban al sol
en alza. Sus largas piernas parecían bailar un pequeño tango a cada paso. Era
preciosa, y yo caí rendido. Me dije que no debía separarme de ella jamás, que
era lo que llevaba toda la vida buscando.
Cuando ella caminaba diez metros por delante, me levanté y
la seguí. Mi corazón latía desbocado, nunca había estado tan feliz. Jamás.
Recorrimos varias calles juntos, hasta que ella se paró delante de un portal y
yo me escondí detrás de un cubo de basura. Ella parecía impaciente y nerviosa,
al igual que yo, que desde mi escondrijo dubitaba la posibilidad de salir y
jurarle mi amor eterno. Era hermosa. Mientras pensaba en mi futura vida con
ella, un hombre salió del portal, la saludó y se arrimó a ella.
Después, esa zorra asquerosa le besó.
[…]
Ahora está aún más hermosa. Su pelo rubio ensangrentado cae
enmarañado sobre sus encogidos, cansados y desnudos hombros. Sus hinchados ojos
denotan tristeza a pesar de las veces que he repetido que ahora nadie nos iba a
separar, que estaremos juntos para siempre. Sus brazos aprisionados contra la
silla, al igual que sus piernas, están llenos de huellas moradas que han dejado
mis manos cuando perdimos la virginidad. La amo. Es mi Ángel.
Juntos para siempre.