martes, 30 de diciembre de 2014

Amo al amor

Oh, el amor. Esa alma perdida, incomprendido y odiado por la mayoría, abandonada a su libre merced desde que el propio tiempo recuerda. Vaga borracho de calle en calle, en su camino suele juntar a las personas, pero ellas quedan atrás y él sigue caminando, ya no le importa lo que ha sembrado en aquella pareja. Sigue hacia delante. Es el sentimiento que menos sentimental es. Y a mí me abrazó desde que era un niño.
El amor se ha impregnado en mi colonia, entretejido en mis ropas, cicatrizado en mis propias carnes. La batalla para los guerreros es el amor para mí: amado. Amo al amor. Amo amar. Amo lo que me rodea. Amo a mi familia. Amo mi casa. Amo la comida que yo me preparo. Amo la música. Probablemente, querido lector, te ame a ti también. Pero hay alguien que está por encima de todas esas cosas. Alguien a quien amo desde que la vi. No pierdas detalle, pues procederé a contarte la historia que envuelve a la venus de mis días.
Era otoño, las hojas secas abarrotaban las calles cuales transeúntes. El frío paseaba fumándose un cigarrillo. Los coches colapsaban las calles. Yo estaba sentado en el banco de un parque, dando de comer a unas preciosas y hermosas palomas, alguna, confiada, venía a comer de mi mano, cuando alguien pasó por delante de mí. Evidentemente levanté la vista, pues era el único allí y me sorprendió encontrar a alguien cruzando ese normalmente solitario parque, y allí estaba ella. Despampanante.
Su rubio pelo caía en cascada por sus esbeltos hombros cubiertos por una cazadora de cuero. Sus ojos, azul esperanza, saludaban al sol en alza. Sus largas piernas parecían bailar un pequeño tango a cada paso. Era preciosa, y yo caí rendido. Me dije que no debía separarme de ella jamás, que era lo que llevaba toda la vida buscando.
Cuando ella caminaba diez metros por delante, me levanté y la seguí. Mi corazón latía desbocado, nunca había estado tan feliz. Jamás. Recorrimos varias calles juntos, hasta que ella se paró delante de un portal y yo me escondí detrás de un cubo de basura. Ella parecía impaciente y nerviosa, al igual que yo, que desde mi escondrijo dubitaba la posibilidad de salir y jurarle mi amor eterno. Era hermosa. Mientras pensaba en mi futura vida con ella, un hombre salió del portal, la saludó y se arrimó a ella.
Después, esa zorra asquerosa le besó.
[…]
Ahora está aún más hermosa. Su pelo rubio ensangrentado cae enmarañado sobre sus encogidos, cansados y desnudos hombros. Sus hinchados ojos denotan tristeza a pesar de las veces que he repetido que ahora nadie nos iba a separar, que estaremos juntos para siempre. Sus brazos aprisionados contra la silla, al igual que sus piernas, están llenos de huellas moradas que han dejado mis manos cuando perdimos la virginidad. La amo. Es mi Ángel.

Juntos para siempre.

Yo no estoy loco

El mundo me toma por loco, chiflado, tarado, esquizofrénico, pirado... pero no, no es así.
Loca es la persona que hace las cosas sin ser plenamente consciente, yo desde un principio sabía qué estaba haciendo.
El ser humano se cree superior, si encuentra un animal salvaje, lo esclaviza o, como se suele decir, "educa". Pero no se dan cuenta de que el espíritu sanginario del animal en cuestión sigue quemando su alma por dentro, de que él busca venganza. No, ellos solo buscan amaestrarlo para investigarlo posteriormente. Eso intentaron hacer conmigo, pero mi alma salvaje es indomable.
Recuerdo despertarme en una habitación acolchada, con una incómoda camisa de fuerza que estaba sustituyendo a la cazadora que llevaba horas antes. Un foco me apuntaba directamente a la cara.
-¿Por qué lo has hecho? - retumbó una voz por toda la habitación.
-¿Quién eres? - pregunté aturdido. No estaba en plenas capacidades mentales. Intenté mover los dedos de los pies, respondían lentamente. Me habían sedado.
-A partir de ahora, seré tu dueño. Cada vez que me oigas, te arrodillarás ante mi, cada vez que yo dicte una orden, la acatarás sin rechistar, cada vez que yo respire, tú dejarás de respirar para no contaminar el aire. ¿Entendido?
No respondí. Me levanté lentamente, apoyando mi espalda contra la pared y arrastrándome hacia arriba. Me dolían todas las articulaciones de haber dormido acurrucado contra la esquina.
Empecé a caminar hacia la puerta metálica. Me tambaleaba. Iba de un lado para otro, como si de un borracho me tratase. Todo me daba vueltas y veía doble.
Los dos metros que recorrí para llegar a la puerta me habían parecido kilómetros que me podrían haber llevado meses si no tuviese tantas ganas de cumplir mi objetivo.
Me di cuenta de que la puerta no tenía pomo. Tan sólo una rendija por la parte de abajo con el fin de pasar la comida.
-Es inútil que intentes escapar - comenzó la ronca voz de nuevo - estás atrapado, y no saldrás a menos que yo de la orden. Y, amigo mío, no pienso abrir la boca hasta que me digas lo que quiero saber. ¿Por qué lo hiciste?
Hice caso omiso a la pregunta. Mi mente empezó a funcionar rápidamente. Miré a la cámara que me miraba con su frío objetivo.
Sonreí.
Me lancé de frente hacia la puerta usando mi cabeza como ariete. La fuerza del impacto me hizo rebotar hacia atrás y el dolor me dejó ciego. Pero no desistí.
-¿Qué haces? - la voz tenía un deje preocupado - Para, ¡para!
Yo no paraba. Golpeé mi cabeza una y otra vez contra la puerta. Noté como se me abría una brecha en la cabeza. Empecé a perder el sentido mas no desistí.
Ya no oía, no veía, no sentía dolor alguno. Me desmayé.
Recuerdo volver a despertarme en una sala de operaciones. Ya me habían cosido. Y lo mejor, nadie se había dado cuenta de que me había despertado. A mi derecha una mujer con bata y las manos cubiertas de sangre, probablemente la misma que me había cosido la cabeza, estaba hablando con un hombre. No presté atención a la conversación, debía actuar rápido. Ya no tenía camisa de fuerza.
Salté a la derecha de la camilla y la empecé a empujar hacia la puerta, por el camino atropelle al hombre y a la mujer antes mencionados. Recuerdo una luz roja en la pared y un sonido horrible que me ponía nervioso, una alarma. Alcancé la puerta del recinto y salí a la calle. Estaba en medio de la nada. Un desierto, pero había un coche. Lo robé y huí.
¿Por qué estaba allí? Asesinato múltiple. ¿De quién? No tiene importancia. ¿Qué quería la voz de mi? Información que yo no tenía. ¿Por qué lo hice? Porque odio al ser humano.
No estoy loco, soy algo peor. A las personas como yo, no se nos reconoce. Podría ser tu vecino, o tu padre.

No bajes la guardia.